sábado 19 de septiembre de 2009

Pilar Ortega y Severino Carbajo exponen en el Centro Leonés de Arte


La Cabera se ha convertido en una tierra mítica que solamente vive ya en el recuerdo. Los tejados de cuelmo y pizarra, las peculiares chimeneas, la negras piedras secuestradas en las paredes de humildes hogares, los abultamientos misterios de los hornos… y a su alrededor la miseria de unos campos sembrados de piedras que a duras penas servían para la subsistencia.

El progreso prácticamente ha terminado con el pintoresquismo de una comarca leonesa en la que vivir era duro, pero donde se atesoraba toda una cultura diferente y única. La pizarra contra la que estrellaba la reja del arado, se convirtió en un ubérrimo oro negro que todo lo cambió. Los corredores de madera, las balconadas de decorados tablones, la filigrana de sus tejados, las siluetas misteriosas de sus chimeneas, han dado paso a las casas uniformes y pretenciosas, a una arquitectura que ha devorado la inmensa belleza que los reductos urbanos de este particular comarca guardaba en sus hermosos y pobres valles.

Los cabreireses viven mejor, disfrutan de las comodidades de los nuevos tiempos, pero han dejado escapar la mayor parte de sus singularidades. Ha sido un alto pago, pero el nivel de vida del siglo XXI no puede pararse por unas pocas casas, casi chozas, perdidas entre feroces montañas de estériles laderas.

Pero quedan gentes que se niegan a olvidar, que quieren recoger y transmitir los recuerdos. Entre ellos la afanosa Concha Casado, que ha consagrado buena parte de su existencia a estas tierras, y dos artistas, Pilar Ortega y Severino Carbajo que, cada uno en su personal estilo, se encargan de convertir en imágenes los recuerdos, de trasladar al papel o el lienzo hasta los últimos detalles de los lugares de La Cabrera que ellos conocieron y que en muchos casos ya han desaparecido.

La obra de Pilar Ortega es meticulosa hasta extremos insospechados. Y, además, conserva toda la sencillez de la tierra que retrata empleando, simplemente, el lápiz sobre el papel. Todo un ejercicio de grises que casan perfectamente con los paisajes urbanos de La Cabrera. Sus dibujos son auténticos documentos, en ellos se reflejan los pequeños detalles, las cerraduras artesanales, cada tabla de los antiguos corredores, los detalles de las ventanas y las puertas, las orondas figuras de los hornos, y los tejados, y las chimeneas… un impagable ejercicio para la memoria cultural de un pueblo.

Por su parte Severino Carbajo, con un puntilloso realismo, ha querido rescatar los colores apenas insinuados en estos pueblos grises. Ha sabido encontrar los oscuros verdes de las zarzas que son las grandes señoras de los antiguos muros. Los marrones de las tablas que son como esqueletos de las viejas moradas. Los grises y negros de los desvencijados tejados. Y, aunque pocas calles quedan en estos pueblos orladas de singulares corredores, ha conseguido capturar en ellos esos nostálgicos rayos luminosos que evocan el alma contenida en estas calles ancestrales. Sí, un maravilloso ejercicio en el que los artistas ejercen de memoria colectiva. Una maravillosa exposición para que el Instituto Leonés de Cultura ha realizado un magnífico catálogo que servirá para que nadie olvidar como fueron los pueblos de La Cabrera.