El Centro Leonés de Arte descubre la obra de Jonás, un
escultor octogenario oculto en las montañas de Laciana. Nació Valle de Mansilla en un pequeño pueblo cercano al
padre Esla, a los restos de Lancia y al Monasterio de San Miguel de Escalada,
hace ya muchos años, tantos que su memoria se niega a veces a recorrer las
vivencias de su niñez. “Ochenta años son muchos -dice Jonás Pérez- sobre todo
si durante ellos, se ha pasado hambre y han ocurrido cosas tan tremendas como
la Guerra Civil, la posguerra o la Segunda Guerra, cuyos ecos y tragedias
también llegaron a España”.
Jonás muy bien pudo
pasar a la pequeña historia leonesa como uno más de los trabajadores que se
rompieron las manos y el alma para poder subsistir. En su caso fue un albañil,
un buen artesano capaz de desarrollar con pulso firme la gran variedad de
oficios de la construcción. Pero en su interior había más, mucho más. En lo más
escondido de su mente Jonás guardaba memoria de unas visiones plásticas que
solamente cuando se encontró con el ocio, con el tiempo de más que le dejaba su
jubilación, afloró con fuerza. “Siempre -dice- me gustó hacer trabajos
manuales, tallaba algunas cosas intrascendentes en madera. Después hice alguna
incursión en la forja… pero fue cuando me encontré con la piedra cuando decidí
que ahí estaba la forma de expresión que había estado buscando durante mucho
tiempo”.
Y así, desescombrando la piedra, como él dice, quitando todo
lo que sobra para encontrar la imagen o la historia que el mineral quiere
contar, Jonás se convirtió, sin tener conocimiento de ello, sin intentarlo, sin
saberlo, en un escultor, en un gran artista que basa su obra en lo primigenio,
en lo que nace de forma torrencial de su alma, del río caudaloso de su memoria
genética.
Naturalmente hubo un
descubridor del trabajo de Jonás, fue Eduardo Arroyo, vecino suyo en tierras de
Laciana. Jonás decidió que Robles de Laciana, en plena montaña, era el mejor
lugar para sobrevivir, lejos de las riberas de su nacimiento. “Arroyo me
contrató como albañil, para la restauración de la casa que fue de su familia.
Allí nos conocimos, hablamos y le comenté lo que hacía en los ratos libres.
Vino a verlo y le gustó. Después habló con Luis Martínez y entre los dos han
conseguido que mis pequeñas obras lleguen a esta exposición”.
Luis Martínez, Director de Arte y
Exposiciones del ILC,
explica así el encuentro: “La primera vez que me acerque al taller de Jonás, lo
hice de la mano de un gran artista y amigo, Eduardo Arroyo; yo creo que de esto
hace algo más de seis años. Nos recibió en la puerta de la finca con un mono
azul desgastado y marcado por el tiempo y el trabajo, me observó con una mirada directa e intuitiva en la que descubrí
de forma inmediata el sosiego, la paz y la sinceridad de un hombre bueno, que
se siente ilusionado y agasajado por nuestra visita. Ascendimos lentamente la
cuesta del huerto que lleva hasta su pequeño museo, un barracón con un espacio
reducido, donde de forma anárquica se distribuían por las paredes y suelo, unas
obras que de forma inmediata me impactaron y sobrecogieron. Jonás es un hombre
parco en palabras y Arroyo fue el que tomó la iniciativa y en cierto modo
realizó funciones de cicerone. Después pasamos a ver su taller, en realidad un
reducido cobertizo al aire libre en la parte trasera de su casa, un espacio
mínimo, austero y donde la climatología se muestra con gran esplendor y dureza
al mismo tiempo; este es el lugar donde trabaja y donde pasa horas y horas
golpeando con la maza sobre el cincel o el puntero. Una imagen que nos trasmite
la fortaleza de espíritu y la constancia de Jonás en trabajar en aquello en lo
que cree, aunque sea en la máxima austeridad y soledad, sin pretender
reconocimiento alguno, exceptuando la propia satisfacción del trabajo bien
hecho”.
Jonás,
aunque su gran ilusión es tallar una
gran piedra de granito gallego de Porriño,
se limita a trabajar sobre lo que encuentra en su entorno, piedras de
diferentes cualidades y calidades, incluso cantos rodados. Asegura el veterano artista que en este
pueblo, en Robles, él no es un caso único, “Aquí -dice- hay muchos artistas,
sobre todo dedicados a trabajar la madera, si subes un día cualquiera por la
calle principal del pueblo oyes un concierto de radiales. Aquí hay muchísimos
artistas. Quizá por eso no hacen caso a mis obras, solamente Arroyo se ha
interesad por ellas. Y otra gente como Víctor Manuel y Ana Belén, que me
compraron una, o la mujer de Úrculo, a la que regalé una pequeña escultura.
Pero siempre de lejos del pueblo”.
Jonás
Pérez tiene una obra enormemente variada en la que refleja lo que ve: las
flores, los animales domésticos, el oso y la cigüeña, o personajes llenos de
sensualidad e, incluso, con claras connotaciones sexuales. Venus emparentadas
con las de los creadores prehistóricos, bustos que recuerdan las joyas de
Mesopotamia, Egipto, Grecia o Roma… pero siempre con su nota personal, con una
claridad y una sencillez que las hacen únicas. “Creo que los personajes que esculpo
están contentos de que los haya hecho. A veces creo que me miran con cara de
satisfacción, no sé lo que dirán ahora en estas salas tan lujosas, lejos de mi
cobertizo.”
Para Luis Martínez los
trabajos de Jonás poseen unas características muy especiales. “Su sistema de
trabajo -explica- determina en cierto modo el lenguaje primitivo o naif, aunque este término no creo que
sea el más adecuado, en las piezas de
Jonás Pérez. Se trata de un artista arcaico que se sitúa en pleno tránsito
entre el siglo XX y el XXI, justo cuando se alcanza el máximo desarrollo de las
tecnologías y al mismo tiempo su aplicación más intensa en los procesos de
producción artística, llegándose a situaciones extremas en las cuales el
creador niega plenamente el procedimiento de realización manual o producción directa
y se aleja de la formalización de la obra, considerando que el acto de creación
está únicamente en la elaboración de bocetos, maquetas o proyectos. Por el
contrario Jonás deja que sus manos cuenten todo lo que desde hace muchas
décadas el artista conserva en su privilegiada memoria”.
Jonás mira con satisfacción sus obras y dice con gesto
de ensoñación. “Lo que siento es que mis padres, que murieron los dos muy
jóvenes, no puedan verlas. Me gustaría comentar con ellos los parecidos con
unas u otras personas, ya sabe, siempre acabamos sacando parecidos. Eso sí que
lo siento”.
Por
otro lado Jonás hace también alguna incursión muy significativa en el mundo de
la representación simbólica de la muerte, por medio de la utilización del
cráneo humano, aspecto de amplia tradición en la historia del arte español y
desarrollado en las vanitas tanto de
la pintura como escultura barroca española, pero que llega hasta nuestros días
con las extensas series de destacados creadores como Luis Fernández o el propio
Eduardo Arroyo.
En
las salas de CLA podrá verse, a partir de mañana, una exposición diferente, sin
mistificaciones, que enlaza con lo mejor de los artistas primitivos, pero que
por otra parte está exenta de influencias. Nace del corazón inmenso der Jonás,
para convertirse milagrosamente en pequeños monumentos de piedra con vocación
de eternidad.

2 comentarios:
Querido padre, querido héroe, querido artista. Como padre, el mejor, como héroe qué decir quien de la nada ha hecho tanto y como artista todos los podéis comprobar...espectacular.
Esta imagen que ha colocado Marcelino es tan normal y cotidiana para mí, que en muchas ocasiones no he apreciado lo que ha conseguido una mente y unas manos tan trabajadoras, pacientes e ingeniosas...Siempre hablamos del orgullo que sienten los padres hacia sus hijos, en este caso es todo lo contrario, qué orgullosos estamos de tí papá...Gracias Marcelino por esta entrada en tu blog.
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