
Divertida, alegre, colorista… genial. Carolina Cuadrillero ha llegado en forma de deliciosa tormenta de color a la galería de arte Bernesga. Sus cuadros, pletóricos de optimismo, sorprenden e invitan a volar a la imaginación. El mejor barómetro de la aceptación popular de sus obras es que apenas una hora después de inaugurar su exposición ya había vendido cuatro de sus cuadros, algo que parece imposible en estos duros tiempos de crisis.
Las pinturas de Carolina Cuadrillero cuentan con enorme soltura pequeñas historias llenas de humor e ironía. La cigüeña que perdió el norte y dejó el bebé que transportaba en la espadaña de una iglesia. Las monjitas de un divertido convento que fabrican sabrosas madalenas mientras levitan santamente. Los niños traviesos que roban peras en el sopor de la siesta veraniega. Y bodegones, unos impresionantes bodegones apetitosos y coloristas.
Carolina Cuadrillero ha recorrido un camino inverso al que suelen practicar los pintores naïf. Este colectivo pinta sin conocer las técnicas más elementales, mientras que esta joven pintora es una auténtica virtuosa que maneja perfectamente todas las claves del arte pictórico.
Ella llegó a la pintura ingenua desde la realista, dejando a un lado los cánones para optar por la libertad, olvidando lo serio y cuadriculado, para dejar volar espectacularmente su imaginación. "Mi interés por el arte -explica- comenzó en mi adolescencia, me inicié con una formación realista en la que jamás terminé por sentirme cómoda. Durante un tiempo acumulé experiencias, atmósferas e imágenes que quería representar y que no encontraban cabida en el realismo. Sentía bloqueada mi creatividad, pero un día todo estalló, vi una exposición de Elena Narkevich y por fin entendí como quería expresar todo lo que había acumulado en mi cabeza. Me di cuenta de que era un instrumento, algo así como un cristal que transformaba el pasado, las imágenes realistas, en recuerdos coloridos y fovistas. Esta es la pequeña historia de mi identidad como pintora”.
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