martes 24 de enero de 2012

Cincuenta años después

José Olive vuelve con sus acuarelas a la sala Bernesga medio siglo después de su primera exposición en León

José Olivé  regresa a la capital leonesa con sus espectaculares acuarelas. En esta ocasión el artista ha querido reunir en su exposición una serie importante de sus estupendas visiones marinas.  Las pinturas de Olivé, hijo de otro ilustre pintor, son auténticos ejemplos de como deben emplearse los colores al agua. Dibujo meticuloso, cuidadas manchas y los colores justos para cada escena, son sus señas de identidad. 
Al veterano artista catalán le encanta viajar con su caja de acuarelas bajo el brazo. Diversas circunstancias familiares le traen de vez en cuando a León, concretamente a las hermosas tierras bercianas, y el pintor se extasía ante los deliciosos paisajes de esta comarca leonesa
José Olivé, que hizo su primera exposición en León  en el año 1962, es un hombre de mundo, pero recuerda con enorme cariño las críticas que en su momento hiciera de su obra Victoriano Crémer. “Era -dice el artista- un hombre encantador, de conversación fácil que contaba anécdotas muy divertidas. Además tenía una gran sensibilidad a la hora de enfrentarse con la pintura. Yo le recuerdo mucho de mis exposiciones en la Obra Cultural de la Caja de Ahorros, hace ya cincuenta años”.
El artista está enamorado de la luz y busca sus efectos en cada paisaje que representa. “Yo creo -dice- que la parte más importante de la elaboración de un cuadro, es la de esperar pacientemente a que la luz tenga un contenido diferente. Los días de tormenta, los atardeceres nubosos al lado del mar… son momentos ideales para pintar a la acuarela. No hay técnica que se pueda igualar a esta para conseguir el mejor tratamiento de la combinación formada por la luz y el agua. Creo que ni la fotografía puede conseguirlo con más matices”.
Olivé pinta con sentimiento y con enorme maestría, no en vano su carrera comenzó cuando apenas era un niño emulando a su padre, el gran acuarelista Ceferino Olivé. Desde entonces han pasado muchos años, pero el pintor sigue pletórico de ilusión. “Creo que nunca he dejado pasar un día sin pintar, para mí es como el respirar, algo absolutamente necesario para vivir”. Y sus paisajes son como él mismo, sencillos pero llenos de energía.
La acuarela, que ha vivido tiempos de crisis, ha vuelto a ponerse en el lugar que le corresponde. “Sí, después de algún tiempo en el que había quien la consideraba una técnica menor, ahora vive un momento de alza, tal y como se merece. Hay que recordar que pintar con los colores al agua impide cualquier corrección, que hay que hacerlo bien a la primera, por lo que es una técnica tan sencilla como difícil. La belleza de sus resultados es indudable, por eso creo que hoy en día los acuarelistas vivimos un momento de auge”.