El pintor asturiano presenta en Centro Cultural de Santa Nonia su exposición titulada, Entre el ser humano y la naturaleza. A pesar de la extraña grafía de su nombre, Bartholomé es un hombre sencillo que se enfrenta con veneración a los espacios naturales. Bartholomé pinta sugerentes escenarios en los que se hacen continuas referencias a la explosiva belleza de la naturaleza y, también, a cuadros clásicos que habitan en la memoria de todos los artistas que saben sondear los secretos del pasado. Sus obras son un estallido de color y de formas aparentemente descontroladas. La mejor manera de definir la primera impresión ante su estupenda exposición en el centro Cultural de Caja España-Duero es, indudablemente, de sorpresa, después llegará la admiración por la obra bien hecha. Adolfo Bartholomé hace quince años que no visitaba León con sus trabajos. Su tierra es Asturias, concretamente nació en Gijón, estudiando la carrera de Bellas Artes en Madrid. Prosiguió sus estudios en Roma, viajando después por toda Europa, con una etapa especial en la metrópoli londinense becado por la Diputación de Asturias. Después de una corta estancia en París, regreso a Madrid donde fue profesor en la escuela de Bellas Artes. Pero la capital de España le agobiaba y decidió irse a vivir al campo, a su tierra natal.
“Mi pintura -dice el artista- parte de la figuración. Después la elaboración del cuadro me lleva a formas más abstractas, dentro siempre de esa premisa figurativa que me marca el camino a seguir. Yo siempre tengo presente la realidad, puede estar soterrada… pero siempre puede encontrarse en mis obras”.
Bartholomé también hace alguna incursión en el modelado, donde pueden verse en tres dimensiones los personajes que tímidamente aparecen en sus pinturas. “Esas figuran me vienen de los recuerdos de cuando era niño. De la época triste de la posguerra, en la que vi personas que sufrían y que me impresionaron fuertemente. Esas visiones siguen en mí y aparecen de vez en cuando en mis obras. Hoy en día casi han desaparecido de la vida cotidiana, pero en alguna medida siguen existiendo”.
Al pintor e le quedan pequeñas las dos dimensiones del lienzo y busca ocupar el espacio circundante. “Últimamente necesito romper con la geometría plana del cuadro, quiero llegar a formas más orgánicas. De hecho en mis últimos trabajos no pintor sobre cuadrados o rectángulos, son formas que se expanden y no tienen nada que ver con la geometría. Las fronteras del lienzo cada vez me molestan más. En cuanto al color, suelo trabajar con ocres, negros y otros colores cálidos como los rojos. Pero en ocasiones también empleo los colores fríos, especialmente los azules”.
Seguramente quien mejor le conozca sea su esposa, Nieves Hernández, que dice de la obra de Bartholomé: “La fuerza de un paisaje sin montañas ni flores. Un mapa personal reproducido como un laberinto que devora, incluso a los personajes fabulados. Un medio estético de gran carga, en el que estamos inmersos, y como miopes, no podemos ver más que un raquítico entorno, sin abarcar el contexto general de la vida. Nos sentimos ante sus obras acorralados por la realidad y sin referencias directas de lugar o tiempo.
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